Mercedes Morán exorciza en escena a todos sus fantasmas; pero no estamos invitados a un velorio sino a una fiesta de teatro, y del mejor. En su unipersonal "Ay, amor divino" -en su segunda temporada en el Maipo durante ocho lunes- la actriz transmite ternura en grado máximo, magnética en el escenario que conoce como pocas.
Mercedes Morán: ternura en grado máximo en "Ay, amor divino"
La actriz reestrenó en el Maipo -tras un paso por España muy exitoso- este unipersonal en el que nunca deja de ser una actriz personificando, aunque lo haga con ella misma.
Es una de las mejores de su generación y bajo la dirección de Claudio Tolcachir -que ya la había dirigido en la magistral "Agosto" que encabezó con Norma Aleandro- ella se pone en la piel de su propio personaje, pero nunca deja de ser una actriz interpretando, aunque cuente su propia historia. He allí el mayor mérito del espectáculo: no estamos solamente frente a una narradora de su propia biografía en primera persona; ella se desdobla y es también su madre, su padre, su niñera, su hermana, sus maestras, su primer amor y muchos sub personajes que enriquecen la puesta, que crece aún más gracias a los recursos tan bien puestos. La luz, una pantalla gigante que nunca satura, la música o los sonidos, los elementos escenográficos, mínimos cambios de vestuario.
En fin: es imposible no emocionarse, no lagrimear, no lanzar carcajadas o una sonrisa cómplice. Mercedes Morán incorpora al espectador, nos hace cómplices, compinches, confidentes y además logra identificarnos en lo que cuenta a la hora de nuestros propios vínculos, sobre todo con nuestros padres.
Tiene la virtud que también -en su registro- ha sabido incorporar Dady Brieva en sus unipersonales: nos hace sentir el sabor de la infancia, el barrio -en este caso su pueblo natal-, la escuela, las calles, sus sensaciones de niña frente al mundo de los adultos, y ya mujer en su coherencia, sus decisiones, su maternidad y sus amores.
A la hora de componer a sus criaturas de ficción -en cine, teatro y televisión, siempre le creemos todo a Morán. Lo que ella hace, es, sucede y se muestra orgánico. Aquí es ella misma el personaje central y logra lo que lograba su idolatrada China Zorrilla: uno no sabe realmente cuánto de todo eso que cuenta es tan cierto, cuánto está matizado, "agrandado" o reversionado para el efecto que se propone, y poco importa. Lo delicioso es ver cómo lo siente y cómo lo cuenta. Un verdadero placer.