Argentina | Jorgelina Aruzzi |

La ficción nacional pierde público: la crisis de los guionistas

Ya no existe la creación de una tira en manos de un autor, como en el pasado sucedía con Alberto Migré, Hugo Moser, Abel Santa Cruz, Celia Alcántara, Luis Gayo Paz o -en los inicios del género- Nené Cscallar.

La polémica iniciada por Alejandra Darín encendió la mecha. Ella dijo que las ficciones nacionales pierden espacio a costa de la "tv basura". Debate viejísimo, al que echó leña al fuego Flor de la Ve al mostrarse "harta" de que en las ficciones nacionales repitan siempre a las mismas figuras.

Pero poco se dice y poco se debate de un elemento que creemos incide fundamentalmente en la caída de la audiencia de las tiras locales, mientras las extranjeras ganan público sin parar; más allá de la merma de audiencia general que experimenta la televisión abierta: la crisis de los guionistas.

La flaqueza de los guiones, la falta de ideas originales y de un autor que las sostenga nos parece fundamental. Nadie duda de los grandes actores nuestros -si se repiten o no es otro cantar- ni de la calidad de las ficciones. Sin embargo ha desaparecido la figura de El autor.

Las novelas las escriben equipos de guionistas que se reparten el trabajo, con la mirada definitiva del productor general. Suar es el autor de sus historias en Pol-ka y Ortega de las suyas en Underground. Pero ellos no las escriben. Luego una cantidad de guionistas la desarrollan. Se ha perdido la intriga fundamental de un buen culebrón, elemento fundamental para enganchar a la gente.

Los protagonistas se conocen a la tercera escena, los conflictos se cuentan apuradamente en un primer episodio. Todo digerido de una forma que la gente puede ver el primer capítulo, entender de qué va, volver a ver la ficción en el 20 y sentir que no se ha perdido nada.

Pongamos ejemplos: "Educando a Nina". Como la mayoría de las historias de Ortega, lo mejor es el disparador. Muy buenas ideas que luego se desinflan como globos, sostenidas únicamente por elencos de actores que componen personajes muy bien hechos que vale la pena ver por sí mismos. A Nina la "educaron" medio capítulo. La idea de transformarla en su gemela sirvió para arrancar y después poco y nada de eso continuó en la tira.

Ortega tiene una fijación con el "cambio de identidad". En Lalola un hombre se despertaba en el cuerpo de una mujer. En Los Pells un conductor de noticiero caía en coma y lo reemplazaba uno igual -su gemelo, como en Nina pero al revés-. En Graduados una mujer reemplazaba al padre de su hijo por otro, y una obesa adelgazada tomaba una nueva identidad y nadie la reconocía porque era flaca.

En "Quiero vivir a tu lado" y "Amar después de amar" -actualmente ambas al aire- se contaron historias parecidas desde distintos géneros. La primera propuso un enroque de parejas en clave de comedia. La otra también, pero con drama y un aditamento de suspenso -lo mejor de los últimos ejemplos- para que la pregunta de "¿quién mató a Carolina?" sea mas que resto de la trama, y está bien.

Los tiempos han cambiado. Alberto Migré, creador de telenovelas de ruptura y guiones originales como pocos, en su época, no perdonaba que los actores cambiaran la letra. Los actores de televisión actuales -indirigibles en muchos casos- chapucean algo parecido y meten de su cosecha y nadie les dice nada; los festejan y así siguen, hasta que pasa lo que pasó el año pasado cuando Jorgelina Aruzzi hizo un chiste de pésimo gusto que no estaba en el guión de Educando a Nina y ardió troya.

Una progresión narrativa y dramática casi nula; o muy lenta -La leona era una muy buena idea que avanzaba a cuenta gotas y logró que se pierda cierto interés por la trama con el tiempo-; historias estiradas cuando el programa funciona y los 80 capítulos originales se van a 130 -pasó en Nina y aflojó la novela- y muchos ejemplos más hacen que la gente se vaya a ver una ficción a Netflix o elija una historia blanca como Las mil y una noches.

La brasileña Avenida Brasil fue uno de los mayores muestrarios más recientes de cómo se puede atrapar al espectador dejándolo sin aliento durante ocho meses sin soltarle jamás la soga a la trama y con gran resultado. ¿No podemos hacerla sólo por una cuestión de presupuesto?.

Creemos que mientras una novela la sigan escribiendo diez personas y un productor, sin desmerecer el trabajo de quienes las hacen, mientras no se vuelva a las fuentes, la ficción nacional, pese a sus puntos a favor, está en problemas.