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Taylor Swift y el inesperado giro musical en su carrera

En Folklore, Taylor Swift vuelve a dar un sorprendente golpe de timón a su carrera. Esta vez se refugia en las quietas aguas del indie folk.

Sea para cantar sobre sus virtudes o como un mero animador de la discusión, la prensa musical no ha dejado de hablar en estos días de Folklore, lo nuevo de Taylor Swift. Como se sabe, en un golpe maestro de efecto, la responsable de hits del calibre de Shake It Off(3:39m de duración) compuso y grabó su octavo disco en máximo secreto y en plena pandemia. Más sorprendente aún es el giro de sus nuevas canciones, co escritas y producidas por Aaron Dessner de The National, y por su recurrente Jack Antonoff, que se ubican varios pueblos lejos de ese pop sintético, hiperproducido, pulido y orientado a las pistas que ha distinguido buena parte de sus esfuerzos anteriores. Para una estrella de su perfil, un repertorio así de melancólico y “adulto” es una jugada avezada que amerita el respectivo desmenuce.

"Taylor Swift se vuelve indie", titulaba la BBC la semana pasada una nota sobre el asunto mientras que la revista Billboard, con una duda razonable, se preguntaba si los Grammy clasificarían este año a Folklore como un disco de pop vocal (la etiqueta en la que Taylor ha sido reina indiscutible) o alternativo. Los chicos que elaboran los rankings no se lo han pensado mucho: la hazaña de Swift ha debutado por primera vez en los principales charts de música alternativa, en los que antes no hubiera podido calificar. Folklore se estrenó en la cima del remozado Hot Rock & Alternative Song, del Billboard, y lo mismo ha ocurrido en iTunes, en donde tres de sus canciones figuran en el top 20 de canciones alternativas.

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Esto, desde luego, abre un antiquísimo debate que cada cierto tiempo llega a nosotros, como esa herida que se resiste a hacer costra, sobre qué entendemos por "indie" o "alternativo"; ambos conceptos que alguna vez significaron algo pero que hace varias décadas, acaso desde los confusos años noventa, acabaron destripados y eviscerados de su sustancia original. Se solían usar antes para definir a esa escena musical que bullía en los márgenes de la industria musical, con independencia económica de esta y, por lo mismo, con la libertad artística para ir a contracorriente de los tastemakers corporativos que deciden el sonido del verano desde sus escritorios. Al menos esa era la ilusión que nos contaban.

Taylor Swift claramente no es una artista independiente. No lo es, al menos en el sentido que antaño se empleaba para describir a artistas como Cocteau Twins o The Smiths que se manejaban en un circuito paralelo. Desde el 2018, Swift graba para Republic, sello que pertenece al inmenso conglomerado de medios Universal Music Group. No obstante, con ocho discos a cuestas, la mayoría de ellos auténticos fenómenos culturales que han roto récords de ventas y de audiencia, cuesta creer que alguien la obligue a estas alturas a seguir un manual predeterminado de cómo conducir su carrera. Trabaja con productores como Max Martin, Jack Antonoff y más, sí, pero que ella misma escoge.

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