Luis Ventura aseguró en las últimas horas que mostró la foto del cuerpo sin vida de Natacha Jaitt porque ella “se lo pidió”. El problema es que no podemos preguntarle a ella si es cierto, porque está muerta. Las redes arden en el debate por la filtración de esas fotos durante la madrugada y la mañana del sábado, horas después del fallecimiento de la joven, viralizadas inicialmente por un agente bonaerense que fue separado de su cargo en forma inmediata. A Ventura nadie lo suspendió, ni lo echó. El veterano colega tiene la piel curtida en este tipo de menesteres, y cierto es que el morbo popular se encargó de pasar esa foto a través de WhatsApp. El sábado al mediodía la imagen de Natacha, desnuda sobre una cama en el salón de fiestas Xanadu, en Villa La Ñata, estaba en el celular de la mayoría de los argentinos.

La aparición de una imagen semejante genera indignación. Están quienes se enfurecen con el remitente reprochando el envío, al grito de “Yo no te pedí ver eso; no me mandes fotos de un muerto”; hasta los que llevan su encono a las redes, en especial a Twitter, despotricando contra Ventura; Mercedes Ninci -dijo que no lamentaba la muerte de la mediática- o quienes eran sus enemigos más visibles. El ex segundo de Jorge Rial en Intrusos ya ha pasado por estas polémicas, y ha tenido inclusive que defenderse en la Justicia. En el año 2004 mostró la correspondencia privada del fallecido periodista Juan Castro y su familia le hizo un juicio. En 2011 hizo lo propio con la foto de la modelo Jazmín de Grazia, quien apareció muerta en una bañera. Ventura cree, y argumenta, que ese material debe ser mostrado para concientizar sobre las consecuencias límites de las adicciones.

En 2015, el mundo se conmocionó por una foto que mostró la consecuencia más espantosa de la guerra: Se llamaba Alan y tenía tres años. La foto de su cuerpo sin vida se transformó en un ícono del conflicto sirio cuando fue encontrado muerto junto a su hermano y su madre, con quienes escapaba rumbo a Grecia. La historia fue retratada por Nilufer Demir, una fotógrafa que hacía tomas en septiembre de ese año para graficar la crisis humanitaria en Oriente Medio. La corresponsal turca sacaba imágenes cerca de Bodrum, en la costa suroeste de Turquía, hasta donde llegaban algunos migrantes escapando de la guerra civil siria. Allí se encontró con el cuerpo fallecido de Alan Kurdi, boca abajo en la arena, a nivel de la orilla del mar, con sus brazos extendidos. Salvando las distancias gigantes entre los casos citados, el contexto histórico y su repercusión, vale preguntarse si aquella foto que recorrió el planeta fue una crueldad o un hallazgo periodístico. El debate en su momento fue enorme, y hoy se lo cita en cantidad de disertaciones sobre los límites del periodismo a nivel global.

El diario El País de España publicaba el 4 de septiembre de 2015 una nota referida a las enormes discrepancias sobre la publicación de aquella foto en la portada de los principales diarios europeos que dividía a la prensa: "La foto del niño hallado ahogado en una playa del oeste de Turquía ha dado la vuelta al mundo en las redes sociales, pero no todos los periódicos abrieron sus ediciones con ella. La prensa británica, en general, es la que más ha abogado por no ocultar la imagen de Aylan Kurdi, de solo tres años, muerto al naufragar la barcaza en la que viajaba mientras intentaba llegar a la isla de Kos (Grecia). The Guardian, The National, The Independent o el Daily Mail, entre otros, son unos de los principales periódicos que llevan la foto incrustada en su primera página. E incluso el The Sun, que había tenido hasta ahora una línea muy dura con los refugiados en la crisis migratoria, ha difundido la imagen, aunque contraponiendo a esa la de un recién nacido ayer en la estación de tren de Budapest, bajo el titular: `Es la vida y la muerte`”.

Tomar un ejemplo gráfico monumental como fue aquella publicación y su debate posterior para trazar una línea comparativa en relación a la viralización de la foto del cuerpo de Natacha Jaitt puede resultar antojadizo y falto de sensatez. Pero la pregunta es la misma: ¿Cuál es el límite? ¿Qué debe mostrarse y qué no? ¿Con que consecuencias?. Ventura es señalado aquí como el responsable pero vale hacer un trabajo de introspección sobre lo que nos pasa a cada uno cada vez que hacemos viral este tipo de imágenes, llenas de morbo, en nuestras redes sociales y nuestros teléfonos. ¿Sabemos si quien recibe lo que mandamos tiene intención de recibirlo?. ¿Le pedimos permiso antes de hacerlo? ¿O es más fuerte la ansiedad de que el otro sepa “eso” que tenemos para mandarle?. Claramente no es lo mismo la responsabilidad de un comunicador que la particular intención de una persona para con otra, a nivel privado. Pero cuando criticamos y juzgamos a Ventura -sin intención aquí de defenderlo porque, en todo caso, sabe defenderse solo- ¿cuánto hablamos de nosotros mismos y el límite de nuestro morbo?.