Fernando Dente es el protagonista absoluto esta semana. Brindó una nota exclusiva a la revista Gente, donde iba a anunciar su lanzamiento como cantante, pero terminó hablando de su vida privada y haciendo profundas confesiones.

Primero habló de la violencia que se vivía en su hogar de niño, ya que su papá era muy violento con todos. "Mis viejos estuvieron juntos más de treinta años y se llevaban fatal. Papá era muy violento con mamá. Y crecí rogando que se separasen. El clima era caótico, es espantoso. “Voy a ser actor. Sé que algo me rescatará”. Y fue así: sobre el escenario encontré la paz. Mi vocación me salvó la vida. Fue una caricia en ese ambiente hostil", comenzó confesando Fernando Dente en la revista Gente.

Fernando elogió fuertemente a su madre: "Mi gran compañera. Empezamos juntos a estudiar: yo primer grado y ella abogacía. Se recibió en cuatro años y medio, con el mejor promedio. Era coqueta, encantadora. Entraba a un lugar y ya nadie podía mirar otra cosa. Ella, que debió reinventarse tantas veces, construyó mi confianza, alimentó mi autoestima".

En cuanto a su padre, señaló: "Papá fue muy violento, con mamá, con mis hermanos... Pero conmigo era un sol. Durante muchos años había sido duro con mi vocación: “Sos alguien si vas a la Universidad”. Pero años más tarde me escribió una carta pidiéndome perdón por su falta de apoyo. Y cuando falleció (en 2014, por una falla cardíaca), en su departamento encontré muy bien guardadas cada una de las revistas en las que había alguna nota mía. Finalmente pude conectar con él. Entender su historia. Sanar. No quería quedarme con la imagen de un monstruo".

Y después contó que su madre le confesó que su verdadero padre era un cura, y no el padre de sus hermanos, que lo crió toda su vida.

–¿Qué podía decir Adda del amor?

–En un momento le comenté: “Má, quisiera que te enamores, verte feliz”. Y se desmoronó en llanto. “¿Estás enamorada?”, insistía yo. Más le preguntaba, más lloraba. “¿Estuviste muy enamorada? ¿Lo conozco? ¿O fue antes de que yo naciera?”, le preguntaba. Y fue casi una epifanía: “¡No me digas que no soy hijo de papá!”, le dije. Salté de alegría, porque siempre creí que, no sé, por genética, yo también sería un violento. Mamá se sinceró y me reveló que soy hijo de un cura, que había sido catequista del colegio de mis hermanos. Al parecer, se enamoraron apasionadamente. Ella –que había tomado distancia de papá por la salud de todos– quedó embarazada y entró en pánico: sola, con otros tres hijos y sin trabajo. El cura (así le dirá para preservar su nombre) le habría ofrecido dejar los hábitos e irse juntos. Pero fue entonces cuando papá le propuso volver con un viaje de “reconciliación” a Bariloche. ¡Y yo que siempre creí que había sido gestado en el Sur! (suelta con gracia). Cuenta la leyenda que –por algunas cuestiones– yo llegué a tener contactos esporádicos con “el cura”, hasta antes de tener edad como para poder contarlo…

–¿Lo buscaste?

–Sí, claro. Convencí a mamá de conseguir su mail. Y le escribí: “Hola, soy Fernando, sé toda la historia y quisiera conocerte”. Me respondió muy fríamente. Siempre encontraba excusa para dilatar el encuentro. Hasta que finalmente me visitó en mi departamento (ya vivía solo). Tuvo cero tacto. Y detecté que había quedado algo resentido de aquella pasión. Lo primero que dijo fue: “Bueno, sería ideal que hicieras un tratamiento psicológico”. Entretanto, le pregunté cómo había hecho para no hacer nada durante tantos años. “¿Sabés cómo?”, me dijo. “Puse a vos y a tu mamá en un cofre bajo llave y lo tapé con cemento”. Tiempo después vino a verme al teatro, con su mujer y su hija (su vida había cambiado). De ahí en más el vínculo sólo fue telefónico. Hasta que enfermó mamá y toda su contención fue: “Mmm... Estás mal, ¿no?”. Evidentemente no tenía ganas de un vínculo y lo mandé a la mierda. “La verdad es que prefiero que no nos veamos más”, le dije. Y ya. Después de todo, nunca me gustaron sus zapatos (risas).

–¿Tu madre se mantuvo al margen?

Me enojé mucho con ella. Y tomé distancia. Recordé un episodio muy raro que alguna vez tuvo con pastillas e ideas suicidas. Mi reacción fue: “¡¿Vos ibas a morirte sin contarme todo esto?!”. En la distancia con mamá, mis hermanos me quemaban la cabeza: “¡Cómo vas a pelearte en este momento en que su salud está tan delicada!” Entonces la llamé y le dije: “¿Má, les contás vos o lo hago yo?”. Ella falleció en 2009, y recién en 2017 pude revelarles esta historia. Ése fue mi último secreto. Y me sentí más libre que nunca.

–¿Lo charlaste con tu papá (José)?

–Jamás. Siempre dudé sobre si lo sabía. Tampoco hubiese tolerado exponerme dándole una noticia así. ¿Y si estaba al tanto y prefería el silencio? Ante la incertidumbre, evité ahorrarle semejante dolor. Y nunca me cuestioné si hice bien o mal. Continuar como si nada, fue lo que sentí, lo que creí mejor. Después de todo, en mis pensamientos y en mi corazón, con lo bueno y con lo malo, mi viejo fue, es y será él. Hasta te diría que la noticia me acercó mucho más.

–¿Nunca linkeaste el “conmigo papá era un sol” y este supuesto secreto entre él y tu mamá?

–Y sí, sospeché que ese trato pudiese tener que ver con haberme “adoptado”.

–¿Finalmente pudiste reconciliarte con Adda? –Cuando se repuso del cáncer de mama. En marzo de 2019 me aparecí en su casa y le dije: “Basta, no quiero más peleas. Aquí estoy, curate porque te necesito”. Una semana después le diagnosticaron cáncer de hígado y murió en diciembre. Pero pude sanar. Con la morfina se desinhibía y por ahí contaba algo de más. Me enteré de algunos otros amores y eso me puso contento: porque al menos, aunque sea de a ratitos, ella pudo ser feliz

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